

En total, 188 niños, niñas y adolescentes entre 7 y 17 años participaron activamente en este proceso, reconociéndose como “Hijos del Agua” y asumiendo la misión de llevar el mensaje de conservación de la naturaleza en cada paso que dan.
Aprendiendo a mirar el cielo y la naturaleza
Desde el primer encuentro, los niños, niñas y adolescentes no solo conocieron el mundo del avistamiento de aves, sino que además se adentraron en una experiencia que despertó su curiosidad y asombro por la naturaleza.
A través de cada sesión, cuidadosamente diseñada y equilibrada entre teoría y práctica, fueron descubriendo los estilos del vuelo, los cantos y los colores, habitad de las especies que muchas veces pasaban desapercibidas en la vida cotidiana.
El aprendizaje no se quedó en el aula. Las salidas de campo les permitieron vivir en primera persona el uso de binoculares, la identificación de especies locales y el reconocimiento de sus hábitats.
Así, “los pajareritos de Pitalito” no solo observaron de cerca cómo viven las aves que nos rodean, sino que comprendieron la importancia de protegerlas y conservar los ecosistemas que les dan hogar.
Más que una actividad, fue una puerta abierta a un universo lleno de vida, donde cada vuelo cuenta una historia y cada mirada al cielo siembra una semilla de amor por el planeta en el corazón de los más pequeños, quienes hoy son el presente que construyen un futuro mejor.
Cuidando el corazón y la mente
El proyecto no solo abrió las puertas al fascinante mundo del avistamiento de aves, sino que también brindó un espacio seguro y de confianza para el crecimiento integral de los participantes. Con el acompañamiento psicosocial de dos profesionales de la psicología, cada una trabajando con grupos de 94 niños, se fortaleció no solo el conocimiento, sino también el bienestar emocional de la niñez y adolescencia.
En charlas grupales y talleres participativos, los niños compartieron sus puntos de vista y experiencias a partir de temas esenciales como la importancia de la salud mental, la prevención de la violencia intrafamiliar, y el reconocimiento y ejercicio de sus derechos y deberes.
Estas sesiones fomentaron el aprender a poner nombre a las emociones, para saber identificar señales de riesgo, y para comprender que siempre hay adultos dispuestos a escuchar y ayudar. Los niños y niñas aprendieron a reconocer sus propias fortalezas, a valorar el respeto mutuo y a construir relaciones sanas y solidarias en sus hogares, escuelas y comunidades.
En este sentido, el proyecto sembró en ellos no solo el amor por la naturaleza, sino también la conciencia de que cuidarse y cuidar a los demás es parte esencial de construir un entorno donde todos puedan volar tan alto como sueñen.
Descubriendo el mundo audiovisual
La comunicación y el registro no fueron simples tareas logísticas. Se convirtieron en una herramienta educativa que amplió la mirada de los niños, niñas y adolescentes sobre el mundo que los rodea. La profesional compartió sus conocimientos para que los participantes se convirtieran en narradores de sus propias historias.
En talleres dinámicos, “los pajareritos” aprendieron que detrás de cada imagen hay una intención, y que un buen contenido requiere planeación y técnica. Descubrieron los fundamentos de la grabación y la edición, los pasos de la preproducción, la importancia de un guion, y cómo en la producción y postproducción se construye un mensaje que puede inspirar, informar o emocionar.
Más allá de la teoría, la experiencia cobró vida en un ejercicio práctico donde la creatividad de los niños fue protagonista. Con cámara en mano y mucha imaginación, diseñaron y grabaron su propio material audiovisual, explorando ángulos, probando encuadres y eligiendo cómo contar sus historias.
Este aprendizaje no solo les dio herramientas para producir contenido, sino que también les permitió mirar con ojos críticos lo que consumen a diario en redes, televisión o internet. Así, entendieron que comunicar es también una forma de proteger, educar y transformar.
Familias y comunidad, parte del vuelo
En los encuentros familiares, se buscó fomentar la unión y conexión de cada niño con su familia. Al encuentro llegaban las familias en compañía de sus hijos para participar en actividades significativas encaminadas a construir el mensaje de unión y protección dentro de los hogares.
Los encuentros comunitarios cada niño llegaba acompañado de un adulto, padre, madre o cuidador, para trabajar mano a mano en actividades significativas como la siembra de árboles y la señalización de zonas intervenidas. Estas acciones, más allá de su aporte ambiental, se transformaron en momentos de diálogo, cooperación y complicidad entre generaciones.
Estos espacios no solo dejaron huella en el paisaje, sino también en las relaciones. Cada actividad fue una oportunidad para reflexionar sobre la unión familiar, la comunicación respetuosa y la prevención de fracturas familiares que afecten el bienestar de los menores. Así, el proyecto no solo sembró árboles, sino también semillas de convivencia, respeto y compromiso compartido.
El gran cierre: un desafío para todos
El cierre del proyecto fue tan especial como todo el camino recorrido. En las instalaciones de la CAM se llevó a cabo el Desafío Pajarito, una jornada llena de energía, trabajo en equipo y celebración del aprendizaje compartido.
Inicialmente se realizó la entrega de diplomas y reconocimientos a todos los Pajareritos de Pitalito. Este momento estuvo acompañado de la participación del talento de un grupo de niños pertenecientes a la Fundación Vida al Río y que se sumaron a este proyecto de Pajareritos, quienes interpretaron canciones con instrumentos fabricados con material reciclable y junto a su alegría y amor por la naturaleza que contagia, movieron los sentimientos de todos los asistentes.
Una vez finalizada la primera actividad, ocho estaciones, distribuidas al aire libre, esperaban a los participantes con diferentes retos que ponían a prueba todo lo aprendido a lo largo del proceso: desde identificar aves, hasta recordar conceptos de conservación ambiental, producción audiovisual y convivencia.
Niños, jóvenes y adultos se unieron en equipos intergeneracionales, donde cada integrante aportaba su talento y conocimientos para superar cada prueba. La dinámica se volvía más emocionante en cada estación: con cada reto cumplido, ganaban piezas que formarían parte de un rompecabezas gigante, símbolo del esfuerzo colectivo y de cómo cada acción, por pequeña que parezca, es necesaria para completar un todo.
La tensión y la alegría crecieron a medida que los equipos sumaban piezas, hasta que finalmente, entre risas, aplausos y gritos de entusiasmo, el equipo más rápido logró armarlo por completo. El momento no solo marcó el final de una actividad, sino también la consolidación de un grupo que aprendió, trabajó y soñó junto por un mismo propósito.